lunes, 9 de abril de 2012

La odisea

La vida es una serie de decisiones que vamos tomando en un tiempo lineal y continuo. El resultado de las mismas son nuestros actos, acciones, vivencias, historias. Si la primera decisión es incorrecta, al querer corregirla muchas veces solo logramos empeorar todo. Lo de hoy nació de una mala decisión, el final, demasiado abierto para mi gusto.

Hoy, miércoles 4 de abril, era un día ideal para hacer teletrabajo. EL motivo principal es que mañana comienza semana santa. Al vivir en La Plata y trabajar en Capital, cada cambio de quincena, o principio de fin de semana largo, se convierte en una odisea para llegar a casa. Hubo días en que tardamos 3 hs en hacer los 60 kilómetros que nos separan de nuestros hogares. 3 hs de viaje interminable dentro de un auto. El mismo tiempo para regresar del trabajo que para llegar a la costa atlántica.

Como somos seres racionales y previsores, el día de ayer decidimos no viajar en auto, llegar a la mañana como podamos al trabajo, y por la tarde volvernos en tren. Si todo salía bien, a las 18:30, saliendo a las 17 del trabajo, llegábamos seguro. Decidimos resignar comodidad por llegar temprano con nuestras familias.

16:55 coordinamos con Moralejo y Bofito para ir a tomarnos el tren eléctrico que une Barracas con Avellaneda. Salimos a las 17 en punto, casi corriendo para no perderlo. Llegamos a la estación Iriarte y esperamos 5 minutos. Subimos, y viajamos por otros 5 hasta la estación de Avellaneda. Hasta acá mi único problema era que no tenía boleto, jamás viaje de colado en ningún transporte público, y no quería que hoy me engancharan por primera vez. Cuando pisamos Avellaneda nos acomodamos al costado del andén, como sobraba tiempo para que llegase el tren que nos llevara a La Plata, aproveché para bajar las escaleras y comprar el pasaje. El boletillero me miró medio asombrado y me dijo “el servicio está interrumpido, están haciendo un piquete en las vías del tren en Quilmes”, le agradecí, y me quedé parado esperando no se qué. El tipo al ver mi cara de desconcierto me llamó y me dijo “mira pibe, lo que te conviene hacer es irte hasta Temperley y de ahí a Bosques y de ahí a Beragategui, desde ahí sí están saliendo trenes a La Plata”, amague para sacar un billete y comprar el pasaje, pero el hombre ya había desaparecido.

Me junté con Bofito y Moralejo y tuvimos que decidir nuestra segunda acción del día, que camino tomar, el que me recomendaba el boletero por medio de varias estaciones de ciudades que solo conocía por sus equipos de fútbol del nacional C, o volvernos a Constitución y desde ahí tratar de tomar un colectivo a La Plata. Como la autopista de seguro estaría colapsada por los autos deseosos de sus minis vacaciones, decidimos hacer el camino largo, pero a nuestro criterio más corto.

Subimos al tren con poco espacio, pero aún no llegaría lo peor, el mismo se fue llenando de poco, haciendo que nos arrinconemos contra las paredes, cuando llegamos a Temperley recién ahí volvimos a respirar. Tengan en cuenta que no sabíamos donde estábamos, era la primera vez que encarábamos esta odisea, y solo contábamos con la buena voluntad de la gente, a la cual no dejábamos de preguntar.

En Temperley nos encontramos con una estación repleta de andenes, un puente aéreo que descargaba en cada uno y ni un solo cartel indicando el destino de los trenes. Subimos al puente de metal, bajamos en el último andén de puro instinto, preguntamos y decidimos esperar ahí el disel que nos llevase hasta Bosques. Luego de 15 minutos, llegó el tren, las puertas de los vagones abiertas, la gente colgada de los mismos como podían. Bajaron 10 personas y éramos 50 para subir, los números no me daban, ya que no había espacio de sobra, eso estaba claro. Me coloqué dentro de los primeros a subir, comencé a hacer pasitos cortos para no molestar al resto de los pasajeros y de golpe siento que comienzan a empujarme, trato de mantenerme en mi posición, pero fue imposible, mi cuerpo empujó a otras personas, chocó contra un caño que estaba en medio del vagón y terminó entre unos flacos con mochilas y caras de pocos amigos. Bofito terminó atrás mío, a Moralejo no lo vi más por un buen rato. Una señora gritó “me quiero bajar acá”, alguien respondió “tarde señora, será en la próxima” y fue palabra santa.

En cada estación le preguntábamos a una señora que teníamos al lado donde estábamos, ella nos iba respondiendo ciudades que no sabía como se podían llegar a escribir. Más gente fue bajando, mucho más subiendo. Fueron pasando las estaciones y la señora, algo molesta porque le preguntábamos a cada rato, nos consultó hacia donde viajábamos. Cuando le contamos que hacia La Plata, nos recomendó que nos bajáramos en Florencio Varela y que desde ahí nos tomemos un colectivo hasta nuestro destino, la estación de Bosques es muy peligrosa, e ir hasta Berazategui era regresar muchos kilómetros atrás, no tenía sentido, pura pérdida de tiempo. Cuando pudimos nos volvimos a juntar entre los 3, y volvimos a deliberar. Decidimos seguir la recomendación de la señora.

Bajamos en Varela a las 18:50 (para esa hora ya teníamos que estar tomando mate con nuestras señoras). Caminamos al costado de las vías, hasta que por fin pudimos salir de la estación. Comenzamos a preguntar qué nos dejaba en La Plata, la mayoría de la gente no tenía idea, el resto nos recomendaba el 414. El 414 es una línea nueva, lenta, que cruza media ciudad, pero llega. Hacia poco que supe de su existencia, de pura casualidad, Bofito y Moralejo nunca oyeron de ella. Otra vez tuvimos que decidir, el 414 recién pasaba 19:30, muchas otras opciones no teníamos. Comenzamos a preguntar, algunos nos mandaban al Cruce Varela, la mayoría que esperemos. Esperamos un taxi que nos lleve al cruce, nunca llego. Esperamos y esperamos y se hicieron las 19:40, hora en que vimos llegar al colectivo que nos llegaría a casa. A nuestro alrededor se había levantado un fuerte viento, todo indicaba que se aproximaba una gran tormenta. Bofito me mira y me dice antes de subir “linda odisea la nuestra, está para que la escribas”, Moralejo retruco “Aún no llegamos”, y pagamos los 2.80 del boleto.

El colectivo era nuevo, muy luminoso, así que aproveché, saqué unos cuentos para leer y me dispuse a disfrutar del viaje. En medio de la nada el chofer detiene el transporte. “Disculpen, pero creo que se me rompió la máquina”, nos dijo, y levantó algo del frente para ver el motor. Entre los 3 nos miramos, una más para la anécdota. “Tiene mucho olor a quemado, va a convenir que no sigamos, ya llamé a la empresa, en 25 minutos viene otro micro”. Bofito se levantó indignado, y empezó a putear en varios idiomas. “Otros 25 minutos más no espero, CHOFER ABRA QUE ME QUIERO BAJAR”. Con Moralejo intentamos tranquilizarlo, no sabíamos donde estábamos ni a donde ir. Me levanté, me acerqué al chofer y le pregunté a cuanto estaba el cruce Varela. Otro pasajero, de muy buena forma, nos dijo que no muy lejos, solo 6 cuadras de ahí, pero que si perdíamos el TALP (el nombre de la línea de colectivos que pasa por ahí) que tendríamos que esperar otra media hora, mínimo. En tono jocoso les conté que habíamos salido a las 5 del trabajo, y que todo nos salía mal. Una señora viejita me mira y me dice “Uds son mufa pibe”, solo yo me reí. Otra vez tuvimos que decidir. Bajamos del colectivo y comenzamos a caminar. A los pocos metros sentimos unas gotas sobre nuestras cabezas, cuando se convirtieron en gotones comenzamos a correr. A las 3 cuadras sentía que me explotaba el pecho, caminamos a otras 3 bajo la lluvia. Llegamos, volvimos a preguntar, nos volvieron a indicar. Esperamos unos minutos y vimos llegar un plaza, lo detuve, pero el mismo no iba hasta La Plata, Moralejo grita “el TALP” y le hace unas señas locas al colectivo que venía muy rápido por la avenida, ni amagó a frenar. A los 70 metros veo que se detiene por el semáforo en rojo, los miro a los dos y les pregunto “¿lo corremos?”, me dicen que si con la cabeza y comenzamos a esquivar charcos a más no poder para llegar. Le golpeo la puerta, el chofer me mira de mala gana, nos abre. Me cobra 3.80 y me ciento en donde puedo. Por fin podíamos relajarnos, ese si nos llevaría a casa.

El TALP tiene dos ramales, uno que va por el camino Centenario (ruta de 4 carriles, bien iluminado y señalizado, rápido acceso a la ciudad) y otro que va por el Belgrano (ruta provincial de 2 carriles, no señalada, ni siquiera para cuando te cruzas de carril, muy peligrosa, en muy mal estado, oscura, muy oscura), el TALP que nos tomamos iba por este último camino, pero no importaba, ya estábamos en camino, qué más podía pasar.

El TALP ingresó al parque Pereyra y sentí que entrábamos en un tunel, cero luz en nuestro entorno, no teníamos autos por delante ni por detrás, ni en el carril contrario. Solos con árboles y oscuridad rodeándonos. A los 10 minutos comenzaron a aparecer las primeras luces, y me volvió el alma al cuerpo, tranquilidad al fin. Afuera se veía que se había comenzado a llover y varios relámpagos iluminaban el cielo platense. Recibí un llamado de la flaca “¿por dónde andás, querés que te vaya a buscar?”, “si, por favor”, le respondo, “no doy más, quiero llegar, en 30 minutos estoy por plaza Paso, pasame a buscar ahí”, la flaca me comenta “sabés que Gustavo salió a las 5 del trabajo y seis y media estaba acá, se tomo el micro como siempre”. La flaca tiene la gran facilidad de decir lo más inapropiado en el momento justo. Cortamos y comenzó a llover, un poco más y otro poco más. Tuve que cerrar una ventanilla del lado contrario al que viajaba yo, se estaban mojando los asientos del micro y me daba lástima. A los minutos tuve que cerrar la de mi lado, llovía bastante fuerte y no importaba ya su dirección, si tenía un hueco se metía igual. A los pocos minutos era un diluvio, no llovía, caían baldes de agua, nunca en mi vida vi caer tanta agua junta. En el colectivo ya no importaban las ventanas, se filtraba el agua por las juntas, por los burletes, por las chapas, dentro del micro también comenzó a llover. Afuera todo se fue inundando, las zanjas y cunetas linderas a la ruta desaparecieron, los autos colocaban sus balizas y se tiraban a esperar a los costados del camino, todo era agua. El parabrisas se empañaba cada 10 segundos, el colectivero lo limpiaba, se volvía a empañar. Era desesperante, había desaparecido el camino, el chofer aceleraba como podía en primera, la cola del colectivo zigzagueaba sin parar, el colectivo se había convertido en una víbora que bailaba esperando no cruzarse nada a su andar. La luz de afuera se cortó, se perdió visión de absolutamente todo, era manejar a la deriva, por costumbre nomás. Me agarré con fuerza del asiento de adelante, no recé por que hacia tiempo que había dejado de creer en las religiones, pero era un buen momento para retomar. Tuve miedo, mucho miedo. Desde mi asiento grité “Maestro, no estás manejando, estás nadando”, el hombre ni se inmuto, estaba concentrado en su tarea faraónica mientras repetía cada 2 minutos “nunca vi caer tanta agua”. Llegamos al distribuidor de la plata, de ahí avenida 13, había vuelto la luz y dejaba ver los primeros efectos de la tormenta, autos chocados entre si, autos estrellados contra árboles caídos, ramas y mugre por todos lados. Todo el camino desde que había comenzado a llover intenté llamarla a la flaca para que no fuera a buscarme, se me acabó la batería de uno de los celulares en el camino y el otro había perdido la señal. Intente llamarla con el de Moralejo, fue en vano, con el de Bofito, tampoco funcionaba. Caos total.

Bajé en la plaza, esperé 20 minutos debajo de la lluvia, y me tomé un taxi hasta casa. 4 horas 20 minutos duró nuestra odisea.

Llegué, la flaca me esperaba en la puerta preocupada. Me mira y me dice “de qué te reís?”, no le contesté, pero me causaba gracia tener una nueva anécdota para escribir.

3 comentarios:

quito dijo...

cosa de locos... cuando uno resulta salir ileso de una de éstas, no queda otra que cagarse de risa...

cuando después ves la dimensión de lo que pasó igual se te llena el culo de preguntas...

el chofer, un HEROE...

grueso relato egú...

Dito dijo...

Que lindo!!!
Cuanto hacía que no te leía.
No puedo creer lo que me haces reir con tu historias.... en el momento debe ser duro, pero luego son historias geniales.
Felicitaciones Egu.

Iván Ezequiel Moralejo dijo...

Hace ya algunos años de esto... pero lo recuerdo siempre! Abzo enorme compañero de aventuras...