martes, 8 de febrero de 2011

Piropo

Hace unos días iba caminando hacia el trabajo (actualmente trabajo en el barrio de Constitución, una zona inhóspita del sur de Capital Federal donde los indigente, la pobreza y la marginalidad conforman el paisaje urbano de todos los que día a día caminamos por sus calles), cuando de repente escucho que una vos femenina me grita algo. A continuación expongo dichas palabras textuales:

“Papito, si te llego a agarrar te rompo en ocho”.

Varias sensaciones pasaron por mi cabeza en ese momento, a saber:

1) Incredulidad: “No puede ser para mi”, me dije, me dí vueltas para ver hacia quien estaba dirigido el piropo (por llamarlo de alguna manera), y no había nadie alrededor, por lo que efectivamente estaba destinado a mi persona.

2) Orgullo: “cómo la rompo con la camisa azul (Francia)”, me dije, pero esta sensación duró menos de un segundo al darme cuenta que la persona que propicio el piropo era una indigente, joven (tendría unos treinta y pico de años, aunque es difícil predecir la edad en esas condiciones), rodeada de cartones y trapos sucios, que gritó sin siquiera levantar la cabeza del suelo.

3) Realismo: “qué mal gusto debe tener esta mina”, me dije, mientras no podía dejar de apreciar el estado en que vivía y las condiciones de su habitad.

4) Miedo: “Seguro que hay cuatro locos atrás de ella esperando a que responda algo para atacarme”, me auto convencí mientras aceleraba el paso.

Luego me puse a analizar el efecto de su piropo y el efecto de los piropos en general. No es que alguien no pueda dirigirme uno (gustos son gustos, si hay personas que prefieren el suyi al asado porque no va a haber alguien que le pueda gustar como me quede la camisa azul), lo que me llama la atención es lo que en verdad pretenden conseguir gritándome uno, ¿realmente creen que lograrán algo gritando una grosería al aire?

En las distintas etapas por las que pasé en esos diez segundos (máximo), nunca se me ocurrió acercarme a la piropeadora y decirle “acá estoy partime en ocho, mamita”, y no porque haya sido una indigente la que lo propuso, aunque haya sido Araceli Gonzales la que gritara no me hubiese acercado (me hubiese sentido mucho mejor, debo confesarlo, pero no me hubiese acercado). Uno no reacciona a ese llamado simplemente cumpliendo las demandas del piropeador, hay miles de motivos que te llevan a no responder más allá de un simple gracias (en el mejor de los casos una sonrisa). La desconfianza es el principal motivo, nadie aceptaría un regalo sin conocer el motivo del mismo ni la persona que se lo esté entregando, todos pensamos que vamos a volar en pedazos al abrir el paquete en vez de recibir las llaves de un auto.

Entonces, ¿la gente porqué lo sigue haciendo?. Esta bien que yo no soy un tipo que piropea ni nada parecido, pero siempre me llamó la atención las intenciones de aquellos que gritan obscenidades sólo por hacerlo. ¿Esperan que los insulten, ansían el enojo ajeno, o realmente creen tener algún tipo de posibilidad de concretar sus deseos?

Nunca voy a terminar de entender ciertas actitudes interpersonales. De mientras sigo caminado con mi camisa azul escuchando los sonidos que me traiga el viento.

2 comentarios:

LeO dijo...

Hernán Casciari (tan de moda que está últimamente) contó que una vez se cruzó especialmente a una construcción donde le gritaban a cuanta mina pasaba y les preguntó exactamente eso: "y si acepta qué hacen?"


Los albañiles contestaron, lógicamente: "y... la cogemos"

Rondita dijo...

Volví a sufrir el acoso de las piropeantes, aunque esta vez fue un poco más sutil.

Entrando a la estación escucho que me gritan "nadie te daría tanto amor como yo papá". Me di vuelta para corroborar que era hacia mi, y una señora de unos 60 años me sonreía dejando ver los 2 únicos dientes que le quedaban.

Con la camisa azul la rompo, pero tiene un publico muy selecto y esclusivo.