viernes, 11 de junio de 2010

La hora del sueño

Santi desde que nació que es un mañero a la hora de dormir. Quizás fue esa primera noche en el hospital en que lo hice dormir en mis brazos, o las incontables veces que se acurrucaba en mi pecho y se dormía al compás de mi corazón, pero en toda su vida adquirió ciertos hábitos previos al sueño los cuales todavía no pudimos borrar.

En sus primeros meses de vida se quedaba dormido prendido al pecho de su madre, luego con una mamadera de leche tibia, siempre abrazado a su mantita, moviéndolo de lado a lado, tapado hasta la cintura, con luz tenue, sin luz, son música, en pleno silencio, agarrado de los pelos de su madre, y un sin fin de posibilidades habidas y por haber con el único objetivo de que lo invadiera el sueño. Hoy en día sólo conserva la maña de dormir abrazado a su mantita, a veces tomar media mamadera, y casi siempre con su madre al lado, aunque sea sentada en una silla.

La flaca se operó hace unos días de los ojos, a la hora del sueño se anticipaba toda una hecatombe, con el agravante que se le formaron dos ulceras en uno de los ojos operados lo que complicaba aún más la situación. Me cansé de repetirle a Santi “no podes dormirte con mami, y si la abrazás con mucho cuidado” intentando evitar algún posible problema post operación.

Una de esas primeras noches estábamos en nuestra habitación terminando de cambiarlo después del baño, y le pedí que le de un beso a su madre que lo iba a dormir yo. Había sido un día difícil, trabajando desde casa hasta último momento, yo no daba más, pero aún tenía que seguir otro rato.

- Chau mi amor.- Dijo la flaca
- Cahu mami, vos acostate.- Le dijo Santi

La miré a la flaca sorprendido, lo tome en brazos y me lo llevé a la habitación de él. Al llegar lo senté en la cuna, le di su pastilla, le hice los paff y le pedí que se acostara.

- Yo me quedo acá hijo, vos acostate y tratá de dormir
- No papi, anda vos
- No hijo, mami no puede venir - le dije intentando evitar el llanto – hoy me quedo yo.
- No pa, anda a trabajar
- ¿qué me vaya? ¿y vos te quedas solo?
- Si, vos andá a trabajar

Lo tapé, le di un beso, y me fui esperando escuchar el grito de “papiii” a penas cruzara la puerta (cosa que nunca llego).

Con dos años y siete meses Santi no sólo sabe interpretar y hacer valer sus necesidades, sino que comprende y valora las ajenas aún en contra de su propia satisfacción.

Qué rápido que crece, y que poco tiempo que le puedo dedicar.

2 comentarios:

LeO dijo...

Que genio!

Si el tiempo no es el que querés o te gustaría, tal vez puedas velar por la calidad.

Quito dijo...

pendejo groso ehhh... ya se notaba de recién nacido...