jueves, 14 de mayo de 2009

La apuesta

La noche había comenzado bien, la mesa de ruleta lo llamaba y lo tentaba. Dos plenos y seis docenas en menos de diez jugadas lo motivan a subir la apuesta, y ésta debía ser su noche, debería serlo.

Las deudas en la fábrica se acumulaban como las cajas con productos descartables que no llegaban a venderse. Tres meses y el medio aguinaldo se adeudaban a los empleados, cinco entregas de materia prima a los proveedores, y siete cuotas de la tarjeta a los bancos, a parte del crédito solicitado a principio de año. En la caja de ahorros de la empresa, su empresa, la empresa de su padre, la de su abuelo; solo quedaban dos mil pesos, pidió ocho mil más prestados a un amigo, y se dirigió al casino de mar del plata con una sola idea, no volver sin el dinero, no volver sin poder pagar lo adeudado.

Llevaba poco más de veinte mil pesos de ganancia después de dos horas de juego, suficiente para pagarle a los empleados, pero seguiría ahorcado; debía subir la apuesta y en una sola mesa podía hacerlo en tan poco tiempo. El black jack del fondo del casino, de paño rojo, mucho humo, y madera lustrada, lucía un cartel difícil de resistir a sus necesidades: “Sólo grandes apuestas”, la letra arial color dorado terminó por motivarlo, y el quinto asiento vacío, terminó por decirlo.

“¿Puedo unirme a la mesa?”, pregunto a los concentrados jugadores, una seña con la cabeza, otra con la mano, la indiferencia de alguno, y un “si claro”, fueron suficiente para que tome una silla y espere a que finalice la mano.

“Treinta mil”, dijo sin inmutarse, y recibió sus fichas a cambio del efectivo depositado.

Dejo dos fichas de mil en el círculo y esperó a que terminen de repartir las cartas para decidir como continuar su mano. Una jota y un diez lo obligaron a desdoblarla. Un nueve y una reina le dieron la primera ganancia de la mesa.

“Esta es la mía”, se dijo, “hoy me salvo”.

Colocó cinco fichas de mil, y un black jack le regaló el mazo. Las ganancias ascendieron lo suficiente como para también saldar la deuda del banco.

Con las siguientes manos salió hecho, hasta que un cuatro y un ocho lo obligaron a plantarse, y el veintidós cantado por la banca le entregó doce fichas en mano.

Tenía lo sufiente para pagar también la tarjeta e invitar a alguna dama con un trago, pero el veinte uno del casino, tiró atrás sus veinte puntos, y la posibilidad de retirarse con el dinero en mano.

“Vamos que recupero”, se dijo en voz baja, “vamos”, se motivó y siguió apostando.

Las siguientes manos fueron todas perdidas, volvió a los treinta mil pesos iniciales y se encontró con la decisión de si seguir aguantando.

“Estuve contando las cartas toda la noche, esta es mi mano”, pensó, y apiló todas las fichas que tenía para definirla de una vez. El resto de los jugadores lo miraron de reojo, y apostaron lo justo y necesario.Un as para la señora de la esquina, un siete para el gordo de traje oscuro, un diez para el señor mayor de saco claro, un 2 para el joven de camisa arremangado, una jota para él y un cuatro para la banca. “Esta es mi mano”.

Cuando le tocó el turno de la siguiente carta dos jugadores se habían plantado, la señora se había pasado y el joven había desdoblado. Ninguno tenía la mano asegurada, pero estaban más consentrados en la jugada del nuevo que en las suyas, se sentía que había más que un simple juego aspotado a sus lados.

Pidio que le entreguen la carta tapada. Cuando la recibió cerró los ojos, exaló el aire contaminado, y la dió vuelta con su mano derecha. Un rey de trébol lo hizo templar de alegría, y gritó feliz "me planto".

El joven repartidor sintió la gota de sudor que le bajaba por la espalda, tenía en sus manos más que un juego, más que su trabajo. Sacó un 5 de corazones, luego un 3 de diamantes, y luego otro cuatro, pero esta vez de treboles. “Dieciséis, se pasa”, pensó emocionado, y vio como de la mano temblorosa del joben se dejaba ver un cinco negro, y su mundo se vino abajo, acompañado de esa carta imposible de sacar en esa mano.

Se quedó mirando al repartidor con el rey de trébol en sus manos, y notó una leve mueca de lastima en la comisura de sus labios. El joven miró para otro lado, los caballeros miraron para abajo, y la señora de la esquina dejó escapar un “no puede ser” en medio del silencio aturdidor del casino.

Tomó su campera del respaldo de la silla, le dejó la última moneda de cien que tenía en el bolsillo de propina al repartidor, y se alejó cabizbajo.

“Buenas noches señor”, escucho de parte del portero de esmoquin de la puerta, pero no pudo responder al saludo, no podía despegar la vista del suelo.

Vio como el asfalto se iluminaba y una bocina intentaba hacerlo reaccionar, pero no sintió el golpe del Fiat rojo en su cuerpo hasta después de escuchar el crack de su fémur derecho roto contra el asfalto. Una sensación de cosquilleo invadió todo su cuerpo, un frío intenso lo tomo por completo, y vio la silueta de un ángel desalado todo iluminado por un fuego que venía a recogerlo para llevárselo a una mejor vida.



La casa de comidas tradicionales “BJ”, se había convertido en un clásico deMar del Plata. Nadie conocía la historia del rengo Martinez, su dueño, quizás su señora, pero nadie se atrevía a preguntarlo, sólo se dejaban llenar por sus platos abundantes y únicos en el mercado gastronómico local.

“El milagro descartable”, titulaba el diario del domingo en su primera plana. “Siete años pasaron desde la desaparición del dueño de esta pequeña fábrica de productos descartables del barrio de Barracas. Sus empleados, llenos de deudas y desesperanzas, jamás bajaron los brazos. Tomaron el predio a la fuerza e invirtiendo todos sus ahorros en una dura y riesgosa apuesta, desarrollar una nueva línea de cajas descartables para pizzas que conservaran la muzarela intacta y el calor 3 veces más que en las tradicionales cajas de cartón prensado. Hoy, líderes en el mercado nacional y tras abrir su primera sucursal en el reino unido, tenemos el honor de hablar con el gerente de la fábrica, amigo del anterior dueño, y socio mayoritario…”

“Papí”, el llamado de Santi interrunpió al rengo Martinez mientras leía el diario. “¿Me contás de nuevo como conociste a mami?”, le dijo con su dulce voz, y se sentó en su regazo.

“Fue hace siete años, cuando tu madre me atropelló con su auto, en lo que sería el día de más suerte de mi vida…”, y sacó una carta gastada con un rey de tréboles dibujado de su billetera y lo depositó en las pequeñas manos del mayor de sus tres hijos, y continuó contando...

2 comentarios:

LeO dijo...

Por lo menos este no se murió en el (omnipresente) accidente automovilístico.

Abrazo!

Kenny dijo...

Es una buena vuelta de tuerca a los trágicos accidentes que pueblan tu literatura egu!
Me encantó el final. Este hay que publicarlo! Un abrazo