martes, 13 de octubre de 2009

Libre

Uno de pequeño, de muy pequeño, es libre, es la única etapa de la vida donde se goza de plena libertad.
Santi es un bicho raro, debo reconocerlo, desde que nació no que deja de socializar con cuanta persona se le cruce, la conozca o no. Entramos a un negocio de ropa acompañando a su madre a comprarse alguna prenda (cosa que no demora menos de 30 minutos, pero ese es otro tema) y en menos de un minuto se encuentra en brazo de alguna vendedora, haciéndose amigo, recibiendo algún regalo, riendo a la par del resto o simplemente jugando. A veces llegamos a límites insospechados, he visto a lingeras tirados (literalmente) en alguna vereda volver del más allá para devolverle a Santi el saludo junto a una sonrisa a medio armar, y a los 5 segundos volverse a desmayar.
Alguna vez he comentado su fanatismo por los caballos, y en nuestras ciudades modernas estos cuadrúpedos solo pueden apreciarse como elemento de arrastre de algún carro de cartonero o chatarrero, así que Santi se pasa saludando a cuanto cartonero nos crucemos. Uno con sus años y su bolsa de prejuicios a cuestas siempre mira con desconfianza, siempre trata de evitar esos momentos, por miedo, por ignorancia, por ser esclavo de una realidad disfrazada de ignorancia y estupidez absurda.
El sábado pasado unos chicos juntaban cartones al lado de nuestro auto, primero evite la escena, dude de acercarme al mismo o hacer tiempo hasta que se fueran, pero decidí acercarme y subirlo a Santi lo más rápido posible. Él comenzó con el tradicional “ico ico” al que me tiene acostumbrado cada vez que vemos un caballo, que “ico ico” “si, mira que lindo, vamos subí al auto”, “ico ico” “si, si, después te pongo la película, pero ahora vamos”, “ico ico” “dale, deja de moverte que no puedo abrocharte el cinturón”. En ese momento me di cuenta que estaba siendo un prejuicioso mal educado, le saqué el cinturón a Santi y me acerqué hasta donde estaban los cartoneros. “Campeón, ¿puede tocar el caballo?” le dije al mayor de los cuatro chicos que parecían hermanos, “sí jefe, no hay problema, no hace nada”, al acercarlo a Santi, su cara de felicidad era total, pero aún así no se animaba a tocarlo, uno de los chicos se acerco y acariciándole la cabeza al caballo le dice “no te asustes lindo, no te hace nada vez, ¿vez?”, y yo lo único que podía ver eran las manos sucias de ese chico y no su gesto solidario hacia mi hijo. Aún así Santi no llego a tocarlo, pero les regaló una sonrisa a todos contagiándolos de su propia alegría, y les tiro unos besos de agradecimiento mientras yo compensaba sus buenas ondas con un billete de dos pesos.
Es difícil escaparse de los prejuicios, es difícil liberarse de cientos de imágenes tendenciosas y mal paridas que separan los distintos pisos de nuestra sociedad, es difícil escaparse de la influencia del dinero que todo lo divide y separa. Yo no tengo salida, aunque trate de evitarlo solo logro apreciar las manos sucias de esos chicos, sólo veo sus coros carentes de oportunidades, sólo logro llenarme de desconfianza cuando a alguno se le ocurre pasar cerca de donde estamos. Santi es distinto, es un ser puro, él no ve miserias, de ningún tipo, él no discrimina sin razones, para él son todos chicos, todos amigos de su misma edad, él es la única persona libre que conozco, y espero que esto no cambie por mucho tiempo más.

2 comentarios:

Quito dijo...

lamentablemente, cuando un chico viene al mundo, los que estamos de antes creemos que tenemos que enseñarles las cosas... y lo único que hacemos es bombardearlo con límites...
como siempre, santi es un mágico...

abrazo. q.

Ceci dijo...

Amo a mi hijo y su papá me hace llorar. Santi es asi, nosotros le permitimos que sea asi.