jueves, 18 de agosto de 2016

El mejor del mundo

A veces me olvido que Santi tiene la capacidad (o el defecto) de lograr lo que se propone, su espirito indomable es incansable, y para uno que intenta acompañarlo es agotador.

No es sencillo tratar con un hijo así, porque idea que le entra en la cabeza no se le borra hasta que no la lleve a cabo. Tiene una memoria selectiva y a prueba del tiempo como pocas veces vi. El problema es tener que cuidarse con las cosas que uno dice o le propone, porque si la semilla que le das prende, hasta que no se convierta en el árbol más grande del bosque no se detiene en su crecimiento.

Hace unas semanas que estamos llevándolo a rehabilitación, caímos en una traumatóloga de sus primos para un control y después de hacerle hacer placas y estudios varios llegó a la conclusión de que Santi tiene una pierna más larga que la otra (sólo 1 centímetro) y que tiene una cierta lumbalgia en la espalda, por lo cual tenía que ir a un gimnasio especializado para endurecer los músculos de esa zona y usar zapatillas ortopédicas. Nada grave, pero para un nene de 8 años me resulta demasiado. En fin, como ya estábamos metidos en el baila lo pusimos a bailar, y ya llevamos más de la mitad del tratamiento, pero se nota que Santi empezó a cansarse del asunto.

En la oficina leí que Usain Bolt de chico tuvo problemas similares y quise contárselo a Santi para ver si lograba motivarlo un poco, que entendiera que lo que estaba haciendo era por su bien. Grave error.

      - Santi, ¿sabés quién es Usain Bolt?
      - El hombre más rápido del mundo, el que vimos correr el otro día
      - Si, ese, tal cual. Hoy leía en la oficina que de pibe le descubrieron que tenía una pierna más larga que la otra, un centímetro y medio, y que eso le dio problemas en la espalda.
      - Lo mismo que tengo yo.
      - Tal cual, y que el tipo yendo a rehabilitación y haciendo ejercicios pudo mejorar todo y llegar a ser el atleta extraordinario que es hoy.
      - Lo mismo que estoy haciendo yo.
      - Tal cual. Así que aunque te hinche un poco ir a rehabilitación ahora, es por tu bien, no me aflojes, si Bolt no hubiese hecho lo mismo que vos haces hoy no sería el hombre más rápido del mundo.
      - O sea que yo puedo ser más rápido que Bolt.

En ese momento vi que se le iluminó la mirada y se le asomó una sonrisa en los labios. La semilla estaba germinando. Quise controlar la cosa a tiempo, pero ya era tarde.

       - Igual no es tan fácil hijo, hay gente que nace con un don y si tenés la suerte de detectarlo a tiempo y lo trabajas mucho podes convertirse en los mejores del mundo, pero no todos tenemos un don, yo soy un convencido de que todos podemos ser buenos en algo, pero no todo podemos ser los mejores del mundo.
       - Yo puedo ser más rápido que Bolt.


Y Ahí lo perdí a Santi dejándose llevar por una idea. No dudo de las capacidades de él, pero la genética le juega en contra, físicamente no le heredé nada bueno, arranca la carrera 200 metros atrás que los demás. El tema es que hasta que no consiga 8 melladas olímpicas de oro el tipito no se va a detener, se los aseguro, su mente trabaja así. Por las dudas me pongo a buscar patrocinadores, porque esto recién empieza.

viernes, 11 de marzo de 2016

Papá Cerdito

¿Alguna vez vieron Peppa? Son unos dibujitos simples (estéticamente hablando) cuya protagonista es una cerdita de unos 5 años donde se cuentan sus aventuras diarias junto a su hermano George (más chico que ella) y sus padres a los que llaman ‘Papá Cerdito’ y ‘Mamá Cerdita’. Si, los adultos en ese dibujito no tienen nombres, se identifican por el tipo de animal que son, estilo Sr. Toro, o Sra. Coneja, o cosas por el estilo. Cada capítulo dura 5 minutos, y los chicos pueden ver decenas de ellos seguidos sin aburrirlos ni cansarlos.

Lo que más me llama la atención, a parte del fanatismos que genera en los nenes de 1 a 10 años (el dibujito produce un efecto sedante en los niños, se los pones y automáticamente dejan de hacer todo para mirarlo), son las características de la personalidad de Papá Cerdito, con el cual me siento muy identificado.

Papá Cerdito trabaja todo el día en una oficina, pero nunca tiene drama en llegar a casa y ayudar a resolver los problemas diarios de sus hijos y mujer. No solo Papá Cerdito está excedido de peso (y no hace nada por remediarlo), sino que si se junta a hacer deporte con los amigos es para comer una parrillada más que por el deporte en sí, que se encarga de los quehaceres de la casa mientras Mamá Cerdita trabaja en la computadora, que cocina, que barre, que disfruta a más no poder el ‘no hacer nada’, que si le dan un mapa siempre se pierde aún usando GPS, que no sabe armar un mueble ni usar herramientas de ningún tipo, etc. Es un rol moderno que le dieron a un personaje bastante explotado (el padre de la protagonista) donde se muestra cómo el hombre ha evolucionado a lo largo del tiempo, dejando el machismo y el rol de jefe de familia en el pasado (jefe en el sentido del que da órdenes y espera que todos los integrantes de las familias resuelvan los problemas mientras él simplemente dirige). Papá Cerdito no tienen problema en admitir que se equivocó, en pedir ayuda, en mostrar sus limitaciones, aunque todo lo suele resolver a través del humor (casi todos los capítulos se terminan con todos los personajes tirados en el barro riéndose a carcajadas).


A veces siento que alguien me espía para convertir mi vida en un dibujito animado.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Pichón de abogado

Me suena el celular, el número de la Flaca. Atiendo y Santi del otro lado con ganas de alegrarme la mañana. Hace casi una semana que está castigado sin poder usar la tablet porque se levantaba a las 8:30 de la mañana, no se vestía, no desayunaba, simplemente se ponía a jugar a los jueguitos. La madre se cansó y lo castigó. Él está convencido de que su castigo es injusto, aunque sea exagerado y trata de convencerme a diario de ello, como si yo fuese el juez en medio de un litigio.

- Escuchame Pa - comenzó a decirme Santi sin siquiera saludarme cuando atendí el teléfono -  mami me tiene que cortar las uñas hace una semana y tampoco lo hace porque está haciendo otras cosas.
- No sé de qué me estas hablando hijo - me defiendo desconcertado por su planteo.
- Que si ella no cumple y no tiene castigo ¿por qué me castigan a mi cuando no hago las cosas?

Ahí caí en lo que me estaba planteando y me empecé a morir de risa en medio de la oficina. ¿Cuántos pibes de 8 años llaman a su padre a las 9 y pico de la mañana para plantearle una defensa de sus derechos? Mientras él seguía hablando:
- No es justo Pa, yo creo que debería usar la Tablet o a lo sumo que me reduzcan días.
- Bueno hijo, después llego a casa y lo hablamos en persona.
- Pero lo hablamos entre nosotros eh, si le decimos a mami se enoja conmigo de nuevo y me vuelve a castigar - no solo defiende su caso, sino que sabe a quien planteárselo para poder ganarlo

Es un pichón de abogado con tan solo 8 años. Espero que me defienda en algunos años.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Princesas vs superhéroes

La gorda me tiene loco con Frozzen (una película de Disney muy adictiva para las niñas de 2 a 64 años). Ya la vio mil veces, la canta, la baila, la actúa, se sabe el nombre de cada personaje, de la historia completa y vuelve a verla otra vez. Pero sucede algo raro, a la hora de disfrazarse Uma se convierte en el hombre araña.

La Flaca con esa emoción de madre buscó el disfraz perfecto de Elsa (la reina de la película Frozzen), es muy difícil que cumpla con todas sus expectativas sin gastar una fortuna pero lo logró, lo encontró. La gorda se lo probó, le anduvo perfecto y lo uso sólo una vez. Cada vez que tiene ganas de disfrazarse sabe que tiene que ir a buscar en el medio de su ropero, la ves alejarse por el pasillo y vuelve disfrazada del hombre araña. Ahí la Flaca arranca ‘pero ponete el de Elsa’, ‘las nenas se visten de princesas’, ‘si te queda hermoso el otro…’, pero no, Uma en su testarudez se pone la máscara, se coloca en posición, estira los dedos de la mano y le lanza tela de arañas imaginarias a su madre.

A veces me persigue y me atrapa a mi (por algún motivo yo siempre termino siendo el supervillano de la película) y cuando le quiero devolver las telas de araña se enoja conmigo ‘nooooo papí, los dedos van así’ y me muestras los tres deditos que se estiran de la mano para lograr que salga la tela de araña.

La Flaca había encontrado un local que vendía piyamas en oferta (fin de temporada), y hacia allí avanzamos con su ilusión de madre de una princesa. Los piyamas estaban muy buenos, todos con tonos delicados, estampados alegres y divertidos. La Flaca le pidió a la vendedora que le muestre un par mientras la gorda vagaba por el local, luego intentó convencerla, ‘mira gordita que hermoso este, tiene un ada, te gusta?’, pero la gorda no pudo con su genio ‘no, yo quiero este’ señalándole uno del hombre araña negro. ‘Negro no hija, mira que lindo este rojo con flores’, ‘yo quiere el del hombre araña’.


Así que ahora, antes de irnos a dormir nosotros, tenemos que hacer dormir a un superhéroe en su propia cama.

martes, 6 de octubre de 2015

Tilin Tilin

Uno de los momentos más tristes para un niño debe ser el día en que descubre que puede ganarle a su padre. No solo ganarle de casualidad o porque lo dejaron ganar, sino ganarle de en serio, ‘pasarle el trapo’ como se dice en el barrio.

Pensando un poco en retrospectiva, a mí me pasó con mi viejo en la adolescencia, de chicos no compartíamos muchos juegos más allá del ajedrez, juego al que aún hoy no puedo ganarle ni hacerle un poco de fuerza. Un día se apareció con una mesa de ping pong que se la había regalado un amigo que se mudaba, y ese deporte se convirtió en el favorito de los domingos. Mi viejo nos ganaba a base de maña, mucho saque con efecto, toques sutiles, efecto mucho efecto, pero un día le tomé la mano y nunca más me pudo ganar. A los pocos meses dejó de jugar poniendo como excusa que le dolía el hombro y al poco tiempo nunca más volvimos a enfrentarnos en una mesa de ping pong. En el momento no me di cuenta, pero le había ganado a mi viejo, había comenzado otra etapa de nuestras vidas.

Ayer me paso casi lo mismo, pero a la inversa con Santi, con la diferencia de que él tiene 7 años y no 14. La semana pasada me caí con una Xbox usada por casa, y ayer le regalé un jueguito de deportes. Luego de comer, bañarse, hacer las tareas, y ordenar todo (cosa que hace con entusiasmo y celeridad cuando sabe que puede hacer algo que le gusta después) se puso a probarlo. En el menú aparecieron los deportes que incluía y veo el boxeo. ‘Hagamos una peleita’ le digo, me responde con una sonrisa y lo pone ansioso.

Hacemos nuestros bailes de entrada, reconocemos nuestros avatares ficticios y esperamos que suena la campana. Arranca la pelea y decido tomar una posición pasiva en el juego, subir los brazos, cubrirme, esperar que se canse y contraatacar. Error. Santi arranca con todo y en menos de 10 segundos me tira a la lona. Me levanto y salgo al ataque. Error. Tres golpes y vuelve a tirarme a la lona. Me levanto, preocupado, espero que me ataque, le pego un par de golpes, me los devuelve y me tira por tercera vez en menos de 30 segundos. Nock out. Su avatar festeja, el festeja, yo me preocupo.

‘Quiero la revancha’ le grito antes de que termine su festejo. Arrancamos y salgo con todo, paf paf paf paf, golpe golpe golpe, a la lona, me tira de nuevo. Me siento impotente, algo está fallando, ninguna de las estrategias que tomo funciona, Santi no es un experto en el juego, es su primera vez en el boxeo virtual igual que para mí, algo no está funcionando, pienso que es la consola que no reconoce mis golpes, que le da ventaja a él porque es más bajito, pero no, todo funciona perfecto. Me paro lo ataco y lo tiro. Bien, volvimos a la normalidad. Se para en menos de 2 segundos y me ataca, me defiendo, mi avatar se marea, parece confuso, me muevo, pero me sigue castigando, trato de pegarle y nada, paf, a la lona. Intento levantarme y no responde, ‘vamos loco’, le grito a la Tv, pero mi dibujito no reacciona, tilin tilin, fin de la pelea. Doy media vuelta y me voy a lavar los platos. Sin mirarlo a Santi ni hacerle comentario alguno.

Día triste para el niño cuando descubre que puede ganarle al padre, y para el padre que descubre no que no puede ganarle a su hijo de 7 años ni les cuento.


jueves, 2 de julio de 2015

La Hincha

La flaca la llama a la gorda para irse a bañar, ella no le hace caso y sale corriendo en dirección al sillón.

- Vení a bañarte
- Noooo, yo River papi

Y se me prende al brazo mientras miro algún partido de la Argentina en la copa América.

Para ella todo lo que sea fútbol es River, y siempre quiere estar a mi lado mientras grito, insulto o me alegro. No importa que esté mirando Uruguay contra Chile, Uma se sienta a mi lado y le grita a la madre ‘yo River papi’ y se pone a verlo.

A veces parece entender del juego, se para frente a la tele y le grita a algún jugador ‘nooooooooooo papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa’ moviendo las manitos, pero la mayoría del tiempo solo actúa por instinto.
- No fue fault muerto, ¡¡¡que cobras!!!
- Gooooooooooooooooooooooooooooooooooool – grita ella desde al lado mío, intentando seguirme en la reclamo

El otro día me puse a insultar a uno de los jugadores por un gol que se devoró de una forma incomprensible, Uma me mira, se para en el sillón, se me acerca, empieza a darme palmaditas en la espalda y sin dejar de hacerlo me mira a los ojos y me pregunta ‘¿ya esta?’. Luego se sienta y sigue viendo el partido como si nada hubiese pasado.

En el fondo se escucha la previa de algún partido, los relatores que tiran estadísticas o las formaciones de los equipos, ese es el momento para que Uma salga corriendo a su placard, agarre la camiseta de River con el nombre de ‘enano Buonanotte’ en la espalda, intente ponérsela a la fuerza y le grite a la madre ‘Yo River Papi’.

viernes, 8 de mayo de 2015

Tiempo

La gran diferencia entre la capital y el interior del país es el tiempo, parece viajar más despacio, como si alguna fuerza misteriosa imantara las agujas del reloj provocando errores en su funcionamiento. La otra gran diferencia estaba en los colores, mientras el interior parecía estar pintado de verdes, rojos, celestes y amarillos, la capital parecía vestirse sólo de matices grises, colores sombríos, opacos y aburridos fruto de un artista depresivo y monotemático.

Juan pensaba algunas de estas cosas mientras viajaba con la cabeza apoyada en la butaca del asiento del colectivo que había salido de Retiro a las 9 am. Disfrutaba del verde del paisaje, de la tierra colorada, de las casas precarias pero prolijas que se levantaban al costado de la ruta. El colectivo estaba medio vacío, poca gente viaja a Misiones en mayo, en día de semana, que justo coincidía con el día de su cumpleaños número 38.

Había abandonado esas tierras hace 30 años atrás cuando su padre murió en un accidente laboral y su madre decidió mudarse a la capital del país buscando una oportunidad laboral que le diera a su hijo la posibilidad de estudiar y progresar, cosas que en su pueblito natal le eran casi imposible. Su madre limpió pisos y excrementos ajenos en inodoros de clase media alta por casi 10 años, hasta que volvió a casarse con un comerciante del barrio de Flores al que la suerte lo acompañó en sus negocios y pudo pagarle a Juan una educación universitaria privada a la que pocos tenían acceso. Su madre tuvo dos hijos más, a los que Juan no veía con demasiada frecuencia, vidas ajetreadas en una ciudad sin tiempo hacía que solo se llamasen en ciertas festividades o cumpleaños. Juan se recordaba cambiándoles los pañales, haciéndolos reír con juegos simples, los mismos que años después utilizaría con sus propios hijos.

El cartel sobre un comercio al costado de la ruta donde se llegaba a leer ‘Casa de pastas Santa Teresita’, le recordó a su mujer. Teresa había heredado el nombre de su abuela, y su vocación por la abogacía la había heredado de su padre. Esa misma vocación hizo que lo conociera a Juan cursando el segundo año de la carrera en la universidad, y la enfermedad terminal de su padre, el hombre que más amó en su vida, hizo que cuando a Juan le diagnosticaron cáncer de páncreas no lo pudiera soportar. La sola idea de revivir cada uno de esos momentos, del tratamiento, de los vómitos, de las noches en vela sin dormir, del dolor del ser amado, del saber que cada esfuerzo es en vano porque el destino del enfermo está marcado y no existe borrador para esa tinta, la torturaban por dentro. Juan despertó unos meses después que le dieran el diagnóstico y descubrió que su casa estaba vacía, una carta le juraba que Terea aún lo amaba pero que no soportaría volver a vivir lo mismo otra vez, le pedía que solo pasara a ver a los chicos cuando tuviese un buen día, que el recuerdo que ellos deberían guardar de su padre tenía que ser el de un hombre íntegro, fuerte, alegre, y no de la persona en que se había convertido en el último tiempo, ese espantapájaros del destino cuyos dolores le impedían sonreír o mantener una conversación coherente por más de 10 minutos.

Tomó otras 3 pastillas blancas mientras se acomodaba en la butaca. Las pastillas lo atontaban y adormecían pero por alguna razón en ese viaje no había logrado consiliar el sueño. Los últimos meses se las pasaba durmiendo, su vida se había hecho pedazos de una forma tan vertiginosa que no tenía sentido. No podía creer que su mundo fuese tan frágil, que un día su despacho manejara más de 100 juicios, que 2 secretarias y otros 2 abogados dependían de sus decisiones, de su criterio, que se pasara 14 hs diarias corriendo de juzgado en juzgado. Tenía una familia, un nombre, un gran futuro, hasta le habían hablado de un cargo político para ser la dupla de un candidato con muchas posibilidades de quedarse con la gobernación de la provincia, era la envidia de sus colegas, de sus amigos, y una frase tan sencilla como ‘siento darle esta noticia, tiene cáncer de páncreas, le quedan menos de 6 meses de vida, 12 si es riguroso con el tratamiento’ pudo dar vuelta su universo por completo.

En alguna serie televisiva que vio en sus horas de lucidez (¿o lo había leído en un libro o en una película?, no lograba recordarlo) el protagonista planteaba que la vida era un circulo, se nacía en un punto del mismo, se moría justo en el punto que lo antecedía y se volvía a nacer, así infinitas veces, por el resto de la eternidad. Los puntos intermedios eran los que llamavamos vida, son los recuerdos, los momentos vividos. Se planteaba que uno debía vivir lo mejor posible porque repetiría por el resto de la eternidad las mismas sensaciones, los mismos sufrimientos, los mismos placeres. Esa idea lo atormentaba, nunca hubiese deseado hacer lo mismo, nunca más dejaría que sus hijos crecieran sin un padre si pudiese decidirlo, nunca dejaría que los últimos 30 años de su vida se le hallasen escapado de entre los dedos.

Bajó del colectivo en la terminal de San Pedro, respiró el aire cálido del otoño misionero y disfrutó de lo que creía olvidado. Llevaba una pequeña mochila colgada al hombro, no necesita nada más para ese viaje. El pueblo se veía igual que hace 30 años, las mismas calles de tierra, los mismos autos llenos de tierra colorada a 20 km por hora en la avenida principal, las mismas vendedoras de chipa con sus canastas apoyadas en la cabeza ofreciendo sus productos con acento extranjero. Todo permanecía igual a como era cuando él tenía 8 años, como si el tiempo no hubiese pasado. Comenzó a caminar en bajada hacia el río, notó que la gente lo miraba y lo saludaba. Se preguntó si alguno lo reconocía en realidad o era simplemente la costumbre de la gente del pueblo. Pasó por enfrente de su viejo colegio, no había cambiado nada de lo que recordaba, en el interior se escuchaba el murmullo de cientos de chicos corriendo. Seguro que estaban en recreo, igual que lo estuvo él hace tiempo, jugando al fútbol con una pelota de trapo, tratando de ganar una figurita con la tapadita, robándole un beso a la primera niña que le resulto deslumbrantemente hermosa.

Se detuvo enfrente de una casa de madera y no pudo evitar llorar sintiendo que su padre le sonreía desde cada rincón de la misma, desde cada clavo que él mismo había puesto para construirla. La recordaba más grande de lo que era en realidad, se sorprendió que vivieran en algo tan pequeño y con aspecto tan austero y aún así no recordar carencias o pobreza en su niñez. Es cierto que no tenían baño, que tenían que caminar 20 metros por el pasto hasta una letrina, que sus padres no le compraban ropa nueva, sino que se vestía con lo que se heredaba de primos y vecinos, que no se usaban zapatillas de marca, se andaba descalzo o con alpargatas y una sola zapatilla de lona para los cumpleaños o los domingos, era cierto que él no tenía cama, que dormía en un colchón tirado en el piso, en la misma habitación que sus padres y que éste lo tapada los 3 o 4 días de frío que hacían en el año con camperas y pulóveres de él porque no tenían ni una sola frazada en la casa y mucho menos un acolchado. Todo eso era cierto pero nunca sintió que en esos 8 años fueran pobres, nunca sintió necesidad o deseo tener más de lo que tenían, nunca le reclamó nada a sus padres ni les recriminó por algún juguete o alguna consola de video juegos, cosas que él había sufrido con sus propios hijos. Recordaba que su padre lo llevaba a pescar seguido a un dique cerca de su casa, recordaba que su madre cebaba tereres de carqueja junto al agua mientras su padre pelaba una caña de azúcar y se la daba para que la masticara. Parado en frente de esa casa se le llenaba la mente de recuerdos, cientos, miles de momentos donde reinaba la paz, la felicidad, el olor a tierra y pasto, el sonido del viento y los pájaros. Hizo el esfuerzo por recordar algo de los últimos 30 años y no pudo, salvo los nacimientos de sus hijos o el casamiento con Teresa poco tenía verdaderamente importancia. En la capital el tiempo vuela, los meses son minutos, la vida solo un intento.

Llegó al dique y se sentó en la orilla, dejó a un costado sus zapatos y mojó los pies en el agua estancada. Veía pansuditos nadando alrededor de sus dedos. El silencio le resultaba insoportable, sentía hasta el sonido del latir de su corazón en el pecho, galopando aún a pesar de la quimioterapia, a pesar de las células muertas de todo su cuerpo. Se quitó la gorra y la apoyó sobre sus zapatos, se secó la pelada transpirada, se había desacostumbrado a ese calor seco tanto como a acomodarse el jopo que ostentaba hacía tiempo. El agua estaba calma, igual que sus pensamientos. Bajó el cierre de la mochila y extrajo la 38 que había comprado hacía unos años para proteger a su familia. Se rio amargamente pensado que ahora ese arma no tenía a quien proteger, había perdido su propósito, o casi todo. Tomo una bala de la mochila y la colocó en el tambor. Tiró el martillo hacia atrás, suspiró profundo y apoyó la punto del cañón sobre su cien derecha. Colocó su pedo sobre el gatillo, cerró los ojos y deseo con todo el alma que la teoría de aquella serie sea cierta, mientras el martillo chocaba contra la bala, esta explotaba y salía disparada hacia su cerebro, solo deseo que sea cierta para volver a vivir esos 8 años en el interior del país que duraron mucha más que los últimos 30 en la capital del infierno.